jueves 23/9/21

Mi regalo de final del Ramadán

* Opinión - Carlos Usón Villalba - Profesor de matemáticas

* "En este paraíso de las comunicaciones, las relaciones humanas se reducen cada vez más al mundo de lo etéreo. El móvil nos separa más que nos une. Sin embargo, es la comunicación oral, presencial, la que permite ponerse en el lugar del otro. Es la expresión de quien habla la que nos trasmite confianza y nos transfiere mucho más de lo que expresan las palabras. Perder la intensidad del encuentro y la comunicación presencial es perder una riqueza que nos aportaron las sociedades menos industrializadas"

 
 
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Una reflexión, sin más, ése es mi regalo. Una mirada desde fuera que no pretende ser nada más que eso, ni siquiera aspira a ser certera. Sólo pretende invitar a la meditación tras este mes especialmente señalado para ello.

Os veo desde la pequeña distancia que da no ser inmigrante, pero desde la cercanía emocional que aporta el proceder de una zona rural y haberse sentido extraño en una sociedad en la que pide ser acogido. Y os percibo empequeñecidos, acomplejados, sometidos, deudores, expectantes. No hay razón para ello. Hablo con muchos de vosotros/as, que sois españoles igual que yo, y os cuesta decirlo, reconoceros como tales, demandarlo. Os cuesta sentiros incorporados a este estado de derecho. La sociedad en general favorece la situación y acabáis, me temo, siendo marroquíes aquí y españoles en Marruecos. Es decir, ubicados en ningún sitio. Muchos de vosotros/as, o vuestros hijos e hijas, sois, sin más, musulmanes españoles. Y es hora de manifestarlo, de creérselo y de reivindicarlo. Los problemas que tenemos como nación, son vuestros problemas; su futuro es vuestro futuro. Vuestra cultura enriquece la propia del mismo modo que ésta ensancha la vuestra. Todo esto debiera ser una obviedad, pero no lo percibo como tal.

Nadie os está pidiendo que renunciéis a vuestras raíces, al contrario, tenéis que ser conscientes de ellas, alimentarlas en lo que de positivo aportan a vuestras vidas y podarlas en lo que de rémora puedan suponer algunos aspectos.

Habéis hecho un tránsito a otra civilización, occidental, europea, como queráis llamarla, y no sería bueno perderse en ella, porque ahora formáis parte de ella.

Europa, el mundo occidental en general, lleva años cultivando una idea de libertad egoísta, centrada en uno mismo, en sus deseos más emocionales y compulsivos. Forma parte de los destrozos que el capitalismo primero, y el neoliberalismo después, han hecho en el sentir de esta sociedad. Perder los valores de solidaridad y apoyo mutuo más tradicionales, propios de las sociedades rurales, sería un despropósito.

Se nos robó nuestra principal riqueza, nuestro mejor valer: el tiempo. Y se nos cambió por trabajo que nos permitiera adquirir lo imprescindiblemente innecesario para construir nuestro mundo de apariencias. Perder la idea de que el dinero es un medio, pero no un fin, sería una desgracia.

Porque el tiempo, nos ofrece la posibilidad de pensar, de reflexionar detenidamente el significado de las noticias, los gestos, las implicaciones, la intencionalidad (la del poder y la nuestra). Pero también nos dispone a la sensibilidad, la que se estimula disfrutando detenidamente de un libro, una obra de arte o un paisaje. Dejar de sentir los acontecimientos con el detalle que merecen, dejándose arrastrar por el dinamismo cinematográfico de las noticias, robarle eso a la tradición, sería una pena.

Hay un saber que se estudia en los libros y al que es importante acceder y aspirar a conocer en detalle, hacerlo nuestro. Pero hay un saber popular, que nace de observar la naturaleza de las cosas y de las gentes, que lo estimula la necesidad y el riesgo. Ese saber es necesario para crear sensatez, para hacer de la información conocimiento y para defenderse de la publicidad.

En este paraíso de las comunicaciones, las relaciones humanas se reducen cada vez más al mundo de lo etéreo. El móvil nos separa más que nos une. Sin embargo, es la comunicación oral, presencial, la que permite ponerse en el lugar del otro. Es la expresión de quien habla la que nos trasmite confianza y nos transfiere mucho más de lo que expresan las palabras. Perder la intensidad del encuentro y la comunicación presencial es perder una riqueza que nos aportaron las sociedades menos industrializadas.

Cuidado, la libertad de “hacer lo que me da la gana” sólo vale para quien disfruta de determinadas condiciones económicas y de poder para hacerlo. Los esclavos no tienen acceso a ella. Resulta insoportable también para esa relación con la naturaleza que aprendimos del respetuoso contacto con ella. Estos días estamos oyendo a la presidenta de la Comunidad de Madrid repetirlo con mucho gracejo. La empatía es un valor en sí misma, sentirse solidario con el sufrimiento del otro nos engrandece como seres humanos. Frases como la de la presidenta madrileña parecen ingenuas, pero no lo son. Pasar de mirarnos el ombligo a que la derecha de este país, que no es liberal sino extrema, nos prometa el paraíso en la Tierra y con él quitarnos del medio todo lo que nos molesta: enemigos políticos, inmigrantes, homosexuales, pobres, … es un paso insignificantemente pequeño que se suele medir en vidas y ninguna nos debería resultar ajena.

El problema, y la virtud, de la democracia es que incluso su existencia depende de sí misma. Es el deseo de los ciudadanos y ciudadanas el que decide su futuro. El valor de la democracia sólo se aprecia cuando la alternativa es el fascismo. Sólo nos queda comprometernos con ella. No importa si se es católico, musulmán o budista. Cultivar los valores de la tradición que nos proyectan hacia los demás nos engrandece como personas. Hay que tener cuidado con este modelo de ser humano nuevo que se construye desde la falta de reflexión y el egoísmo. Ese nuevo ser humano puede resultar completamente destructivo.

Este país necesita una alternativa social de futuro y estamos llamados a construirla juntos.

 
 

Mi regalo de final del Ramadán
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