sábado 15/5/21

La ley Celaá: ¿por qué no la asignatura de religión?

* Opinión - Carlos Villaescusa - Profesor - Doctor en economía

* "La religión, lejos de ser un foco de conflicto entre las personas, como muchos nos quieren hacer creer, es enriquecedora porque forma parte de la naturaleza de la persona ¡La religión es fuente absoluta de moralidad! Esta reflexión sobre la función del pensamiento y sentimiento religiosos en la esfera de la moralidad, alcanza una importancia trascendental para llegar a entender qué es “correcto” e “incorrecto”. Pero tales términos adquieren un carácter puramente relativo en una sociedad donde la tendencia del modernismo es claramente antagónica a la religión"

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No hay duda de que la práctica totalidad de musulmanes desean la inclusión de la religión en el currículo educativo de sus hijos, y de que más del 75 por ciento del alumnado en España elige la opción de religión católica en las escuelas públicas. Sin embargo, también es indudable que, en el clima psicológico del mundo moderno, la opinión de que la religión no debería interferir en la vida pública se ha vuelto casi axiomático entre la mayoría de las personas “ilustradas”. No se dan cuenta que la educación pública no es gratuita, sale de los impuestos, y éstos, del bolsillo de esos contribuyentes que eligen, libremente, la presencia de religión en las aulas. Por otro lado, aquellos intelectuales deberían saber que cualquier acto de “culto” va unido indefectiblemente a lo público, son inseparables. Etimológicamente, la palabra “culto” del latín “frecuentado” significa cultivar a las personas, educarlas e instruirlas; tratar a las personas, las relaciones, tener trato frecuente. Sin lo público no puede existir el culto religioso, por tanto, más allá de la elección individual de cada uno, el culto no está, ni ha estado nunca, reservado a la esfera de lo privado, sino en la esfera pública.

La religión, lejos de ser un foco de conflicto entre las personas, como muchos nos quieren hacer creer, es enriquecedora porque forma parte de la naturaleza de la persona ¡La religión es fuente absoluta de moralidad! Esta reflexión sobre la función del pensamiento y sentimiento religiosos en la esfera de la moralidad, alcanza una importancia trascendental para llegar a entender qué es “correcto” e “incorrecto”. Pero tales términos adquieren un carácter puramente relativo en una sociedad donde la tendencia del modernismo es claramente antagónica a la religión.

El último de esos intentos de cambiar el estatus quo que ha prevalecido en la cultura y tradición española es la reforma educativa llamada Ley Celaá -Ley Orgánica de Modificación de la LOE (LOMLOE), recientemente tramitada en el Congreso. Pero después de muchos debates y de confundir a las familias y comunidad docente, la asignatura de religión, por ahora, continúa formando parte del currículum educativo del menor, y la Educación de Religión Islámica continuará reclamando su ejercicio efectivo, en igualdad con otras confesiones, del derecho fundamental del menor a recibir la educación religiosa que elijan sus padres.

Pero mientras que el principio del “laicismo” se identifique con el “progreso”, cualquier sugerencia dirigida a considerar la práctica y la planificación educativa bajo la óptica de la religión es inmediatamente rechazada como reaccionaria o, en el mejor de los casos, como una “pérdida de tiempo y dinero”. Es evidente que muchos intelectuales, supuestamente progresistas, comparten hoy este punto de vista y, dentro de la política, se convierte en un arma ideológica a la vez que caen en el error de considerar lo espiritual un anacronismo de la historia primitiva que ahora está siendo reemplazado por el cientificismo. La ciencia -y los avances prácticos de la tecnología para lograr el bienestar y felicidad material del hombre-, no puede ocuparse de su conciencia moral ni dominar su trascendencia natural. Sin embargo, la influencia del pensamiento occidental y sus nuevos hábitos en muchos de estos aspectos de nuestra vida contemporánea es incuestionable.

Inmersos en la era posthumanista, los pueblos occidentales están desencantados con su religión, decepción que, por otra parte, refleja el caos ético, social y político que impera hoy en gran parte del mundo. Por no someter sus decisiones y conducta al criterio de una ley moral –que es fin último de toda religión revelada, – la modernidad ha llegado a considerar la conveniencia política en el sentido práctico, a corto plazo, como el único criterio al que deben someterse los asuntos públicos.

Por contra, la razón de ser de la religión es dar un significado a la vida que estimula el deseo en nosotros de adecuar nuestro pensamiento y acciones a un patrón de valores morales, perenne e independiente, de la coyuntura momentánea de nuestra existencia; no es una fase de la historia, es un impulso religioso, la fuente primordial de todo pensamiento ético y de todos los conceptos de moralidad; no una reliquia del pasado de la humanidad, sino la única respuesta a una necesidad básica del ser humano de todas las épocas y contextos. Dicho de otro modo, un instinto innato, natural.

 Así, resulta de sentido común suponer que un país construido sobre unos cimientos constitucionales compatibles con la religión ofrece una probabilidad infinitamente mayor de felicidad nacional que un país basado en el concepto de un Estado político “laico”.

La ley Celaá: ¿por qué no la asignatura de religión?
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